e-azul

Hoy era el inicio del trabajo de campo de una evaluación de proyecto que me han encargado, acá en Quito. Se trata de un programa cuyo componente central arrancó allá por el 2001, con un servicio de microcredito a la vivienda de interés social. Y un original modelo de colaboración de entidades: administración pública (mediante un bono a la vivienda), empresa privada (mediante la construcción de las viviendas con unos costes ajustados y precios sin competencia), sector financiero (apoyando en el crédito hipotecario) y el tercer sector, tanto en Ecuador como en España, apoyando donde el sistema no llega.

Las señoras que ven en la foto son “beneficiadas” del proyecto. Doña Orfi, que la ven a la derecha toda disciplinada, es una mujer de 71 años con una lucidez que ya la quisiera yo ahora. Según lo previsto, tendrá su casa dentro de poco, que no llevará apenas acabados, pero de la que dice con orgullo que será “el lugar donde ha de morir tranquila”. En realidad la casa es la de Orvis, la tremenda negrota a la izquierda, una mujer del Valle del Chota que jamás hizo un trabajo remunerado y que siempre se quedó en la casa al cuidado de su familia hasta que la oportunidad de tener la seguridad de un techo digno y propio le movió el piso para buscarse la vida de empleada doméstica (no sin la reticencia de su marido, al que se refiere susurrando para que no le oiga desde la habitación del fondo). Un trabajo al que ni ella ni el resto de compañeras que se embarcaron en la aventura de una vida algo más digna van a renunciar, porque ahora dicen con orgullo que son más independientes…y que todas forman una gran familia.

Y mientras escucho las historias de cada una de las compañeras, me pregunto cómo voy a reflejar todo esto en mi marco de evaluación. Me pregunto cómo describir la lucha de doña Orfi como madre soltera, las dificultades de Orvis y sus hermanas para no dejar de pagar ni un solo mes, si ni si quiera estaban en el plan previsto. No, ellas no estaban en el Marco de Resultados. El Equinoccio Azul, como así se llama su condominio, no era un resultado esperado. No había ni autoestima ni sonrisas previstas, tan solo número de créditos otorgados y talleres impartidos.

¿Saben qué? Me importa un pimiento. Creo que es hora de hacer la excepción. Sus vidas cambiaron, y no lo digo yo, lo dicen ellas, y eso es lo realmente importante. Yo no lo puedo medir, tan solo les puedo contar.